2.2.06

MUJERES, TRABAJADORES DE SEGUNDA (IV)


En general podemos decir que la revolución femenina es uno de los grandes avances del siglo XX. La incorporación de la mujer al mercado de trabajo ha trastocado las bases del sistema patriarcal, que tradicionalmente alejaba a la mujer del proceso productivo y la relegaba a un exclusivo papel de reproducción y educación de las nuevas generaciones de trabajadores. Esta función de reproducción se realizaba en el marco de la familia. De ahí que la división del trabajo haya encerrado a la mujer durante siglos en el estrecho contorno de las cuatro paredes del hogar. Este modelo, ha empezado ha empezado empezando a hacer aguas hace años, y ahora está encharcado por completo. La incorporación masiva de la mujer al mercado laboral conlleva cambios en la relación familiar e incluso en la propia concepción de familia, surgiendo nuevos modelos familiares, desconocidos hasta ahora, pero tan válidos como cualquiera otro. Asimismo, determina una nueva forma de ver el sexo como disfrute y gozo y no exclusivamente como medio para la procreación. La mujer ha descubierto el sexo, como medio de disfrute propio, y no solo como medio para provocar placer en otro. La emancipación económica que proporciona el trabajo le permite afrontar su propia vida con más seguridad, confianza y libertad, sin dependencias externas. Véase por ejemplo, como en zonas subdesarrolladas en las que hasta ahora habían sido infructuosos todos los intentos de ayudarles con entregas pecuniarias a los varones, (Mozambique, la India, etc) resulta que al cambiar al destinatario, esto es, entregando ayudas para la creación de pequeñas empresas a las mujeres, no sólo las empresas funcionan y las familias que las trabajan han mejorado su calidad de vida, sino que además, se ha producido un brusco descenso de la natalidad. Recordemos que en estos lugares las mujeres tenían un hijo tras otro, porque eran el orgullo de la familia, el varón tenía que tener cuantos más hijos mejor. Sin embargo, ahora que las mujeres tienen cierto poder económico, deciden que no quieren tener diez hijos, que quieren trabajar, y darles lo mejor a los que puedan tener. Ahora pueden tomar los medios anticonceptivos que durante años les han facilitado las ONGS sin éxito alguno sencillamente porque en su casa "mandaba" el varón.Sin embargo, cada vez que las mujeres experimentan avances sociales, tienen que afrontar también retrocesos importantes. La mujer hoy se ve asaltada diariamente por una dañina presión sociocultural y estética que potencia un ideal de belleza escuálida e irreal, en favor de los llamados cuerpos diez. La estrategia mediática consiste en un continuo bombardeo realizado en dos etapas sucesivas y continuas. En un primer momento, se fomenta, mediante los concursos de misses, las pasarelas de modas, etc, un modelo de mujer extremadamente delgada que se asocia al ideal de belleza femenina. En una segunda etapa, mediante la publicidad, se ofrece a la mujer insatisfecha consigo misma la posibilidad de parecerse a ese modelo de belleza establecido mediante un pequeño desembolso económico. El resultado de este proceso es doble: en primer lugar, millones de mujeres mantienen un odio a su propio cuerpo y una obsesión por la imagen, lo que crea inseguridad y falta de confianza; en segundo lugar, conforme aumenta esta obsesión se disparan los sacrosantos beneficios de la industria cosmética y quirúrgica de la belleza. Para lograr ese ideal de mujer diez potenciado por esta macabra industria de la belleza, muchas mujeres se someten a regímenes de adelgazamiento basados en dietas de hambre y píldoras dietéticas, absolutamente nefastos para la salud. Cuando es evidente el fracaso de los mismos se recurre a operaciones de estiramiento de piel, liposucciones, tratamiento con láser, etc. Todo vale con tal de paliar los disgustos que da la báscula o el pavor al verano con la celulitis al aire libre. En definitiva, el sistema contrarresta las conquistas de la mujer con una nueva y moderna esclavitud de la imagen, donde se hace dinero con nuestros cuerpos gracias a los complejos que este entramado industrial logra desarrollar en las mujeres, al definir como feo o como enfermedad algo que es constitutivo de nuestros cuerpos sanos, convirtiéndolo en fuente de sufrimiento y de tortura; en objeto de consumo y lucha sin fin contra nosotras mismas. Muchas trabajadoras gastan una considerable parte de sus ingresos en las necesidades artificiales creadas por la publicidad de la imagen. No es que estén locas; simplemente siguen las normas escritas y no escritas de las exigencias sociales y laborales. Se necesitan muchos billones de pesetas para sacar publicidad, revistas de moda y todo el lavado de cerebro necesario para convencer a las mujeres de que estén en guerra consigo mismas. La propaganda comienza cuando la mujer es muy joven. Mantener el odio al propio cuerpo y la obsesión con la imagen proporciona enormes beneficios, a la vez que imbulle en las mujeres una enorme desconfianza en sí mismas que contrarresta su espíritu de lucha. Los estudios sociológicos sobre esta cultura de la delgadez han demostrado que las chicas jóvenes son especialmente sensibles a los modelos sociales establecidos. En una encuesta reciente realizada en el Reino Unido, sobre 30.000 jóvenes de entre 9 y 16 años, sólo un tercio de las chicas estaban conformes con su peso. Más del 60% quería adelgazar. También, la reacción social negativa que se burla de la apariencia de las personas, puede favorecer el desarrollo de disfunciones relacionadas con la imagen corporal y los desórdenes alimentarios. La moda dominante impone un prototipo femenino que no se corresponde con el modelo natural y anatómico de la mayoría de las mujeres. Esto está ocasionando problemas de salud en muchas mujeres. Se estima que la anorexia afecta al 1% de las jóvenes de entre 12 y 30 años (en los varones la proporción es 10 veces menor), y en el caso de la bulimia esta cifra se multiplica por cuatro. Una de cada cinco adolescentes está en situación de riesgo de padecer anorexia, mientras que el 30% de las personas que la sufren no llegan a superarla. Es la paradoja: mientras millones de personas mueren en todo el mundo por no tener nada que echarse a la boca, otras tantas mueren en vida por un odio tenaz a la comida (muchas veces, causado por miedos más profundos). Vivir a gusto con el propio cuerpo es difícil, sobre todo en edades tempranas, debido al martilleo publicitario que sufrimos diariamente. No obstante, las mujeres tendremos que definir nuevos conceptos de belleza que nos liberen de las imposiciones de la moda y la publicidad, asumiendo una actitud crítica y de rechazo hacia toda acción que tienda a descalificar nuestro cuerpo. Tendremos que romper el pensamiento único que promueve esa industria que explota nuestra inseguridad, exigiendo diversidad de modelos femeninos en la publicidad (delgadas y “más rellenitas”) y promoviendo una alimentación saludable, sin vincularla a los estereotipos de belleza física. Tendremos que despertar del letargo y darnos cuenta de que se trata de un medio nuevo para tenernos controladas, toda la inseguridad provocada por esos temores siempre nos hará perder puntos en otras áreas de nuestra vida, y todo el tiempo desperdiciado inútilmente por ser como las de las revistas (recordad, también salen chicos y ellos no sienten en absoluto la necesidad de parecerse a ellos) es tiempo no empleado en algo más productivo.
Glauka

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